De los títeres en Asunción a los sets de Nueva York, Estados Unidos. El cineasta paraguayo Ricardo Ferreira convirtió su pasión por el audiovisual en una carrera que hoy lo lleva a trabajar detrás de cámaras, enfrentando uno de los mayores desafíos de la producción cinematográfica: conseguir que cada palabra se escuche con claridad en medio del caos de la ciudad.
Nueva York no guarda silencio. Sirenas, motores, aviones, camiones de basura, conversaciones inesperadas y música que llega desde algún vehículo forman parte del paisaje sonoro de la ciudad. En medio de ese ruido cotidiano, un paraguayo se dedica precisamente a luchar contra él.
Ricardo Ferreira conoce bien ese desafío. Su trabajo como mezclador de sonido lo ubica en una de las áreas menos visibles, pero fundamentales, de una producción audiovisual. Mientras las cámaras captan rostros, escenas y movimientos, él permanece atento a aquello que el espectador muchas veces no nota: las voces.
La historia comenzó en Paraguay. Desde adolescente, Ferreira sentía curiosidad por el mundo del cine. Mientras otros se limitaban a mirar películas, él imaginaba cómo sería formar parte de ellas. Esa inquietud lo llevó desde Asunción hasta Nueva York, donde continuó su formación en la Academia de Cine de Nueva York, institución de la que egresó con honores en diciembre de 2025.
Su recorrido también está ligado a la dirección, la comedia y el mundo de los títeres. Sin embargo, actualmente es detrás de la consola y en los sets de filmación donde desarrolla buena parte de su experiencia profesional.
El guardián de las voces

El trabajo del sonidista puede pasar inadvertido para el público, y precisamente allí reside uno de sus mayores desafíos. Su objetivo es conseguir que los diálogos lleguen limpios al espectador sin que la tecnología interfiera con la historia.
Para lograrlo, Ferreira debe estar pendiente de cada detalle. Los micrófonos pueden esconderse entre la ropa de los actores, mientras otros equipos permiten registrar el sonido desde diferentes posiciones. La prioridad es que la presencia de la tecnología no termine convirtiéndose en protagonista.
En una ciudad como Nueva York, sin embargo, conseguir silencio puede convertirse en una tarea casi imposible.
“Normalmente depende mucho de lo que la producción considere”, explica Ferreira al hablar de los desafíos técnicos que enfrenta durante una jornada de grabación.
Cuando el rodaje se realiza en exteriores, el margen de control disminuye considerablemente. El equipo puede planificar una escena, pero nunca tiene el dominio absoluto sobre lo que sucede alrededor.
“Si vamos a grabar en exteriores, explico las probabilidades de sonidos ruidosos y los riesgos o probabilidades que se pudieran presentar, atendiendo a que nos encontramos expuestos a espacios en los que poco o nada podemos controlar”, relata.
Una ciudad que nunca deja de sonar
Una calle aparentemente tranquila puede cambiar en cuestión de segundos. Una conversación ajena puede filtrarse en la grabación, un vehículo puede pasar con la música a todo volumen o una discusión inesperada puede irrumpir justo cuando los actores están interpretando una escena.
“Si grabamos en medio de la calle, existe una alta probabilidad de que se escuche una conversación ajena a lo lejos o aparezca de forma sorpresiva alguien que desde el coche escuche música a todo volumen, inclusive discusiones en medio de la nada”, comenta.
A esos sonidos imprevisibles se suman otros que forman parte de la rutina neoyorquina. El paso de un avión sobre el lugar de filmación o la llegada de un camión de basura pueden obligar al equipo a detenerse, repetir una toma o buscar alternativas para proteger la calidad del audio.
“Cuando grabamos en exteriores pueden aparecer sonidos como los aviones volando o camiones de basura recogiendo basura. Llegan a ser un inconveniente de vez en cuando por lo ruidosos que pueden llegar a ser”, señala.
En ese escenario, la experiencia y la capacidad de mantener la calma adquieren tanta importancia como los conocimientos técnicos.
La calma como herramienta
Trabajar en el sonido cinematográfico exige concentración. Una toma puede durar apenas unos minutos, pero detrás de ella existe una constante vigilancia para detectar cualquier ruido capaz de arruinarla.
Para Ferreira, el desafío no consiste únicamente en manejar equipos. También implica anticiparse a lo imprevisible, conocer el entorno y entender cuándo un sonido puede convertirse en un problema.
Su historia representa, además, el recorrido de un profesional paraguayo que encontró en Nueva York un escenario para desarrollar una pasión que nació mucho antes de llegar a la Gran Manzana.
De los títeres y las primeras inquietudes audiovisuales en Paraguay a los sets cinematográficos de una de las ciudades más ruidosas del mundo, Ferreira construye su camino detrás de escena.
Su trabajo tiene una particularidad: cuanto mejor lo hace, menos debería notarse.
Porque en el cine, cuando el espectador puede escuchar cada palabra, concentrarse en los personajes y olvidarse por completo de la tecnología que hizo posible ese sonido, el sonidista ya cumplió su misión.