A pocos días de las elecciones internas, la política paraguaya enfrenta un dilema profundo: ser político parece haberse convertido en sinónimo de corrupción y delito, mientras la ciudadanía decente se retrae en silencio.
En Paraguay, hablar de política se ha vuelto casi un tabú. La percepción generalizada es que la incursión en la vida pública está reservada para quienes buscan beneficios personales a través de prácticas corruptas o hechos vergonzosos.
De este a oeste, de norte a sur, se instala la idea de que es preferible cargar con el estigma de ser un criminal antes que con el de ser político.
Este fenómeno refleja una crisis de confianza que erosiona la democracia. La política, que debería ser el espacio de construcción colectiva y de servicio al bien común, se ha transformado en un terreno minado de sospechas y desconfianza.
La consecuencia es devastadora: la ciudadanía honesta se aparta, dejando el campo libre a quienes menos deberían ocuparlo.
Sin embargo, no todo está perdido. El pueblo paraguayo, pese al desencanto, aún guarda esperanza.
La fe en que surja un liderazgo auténtico, capaz de rescatar la dignidad de la política y devolverle su verdadero sentido, sigue viva.
Quizás esa espera silenciosa sea la semilla de un cambio que, tarde o temprano, deberá germinar.
La política no puede seguir siendo sinónimo de delincuencia. Es hora de que la ciudadanía decente recupere el espacio que le pertenece y que la palabra político vuelva a asociarse con servicio, honestidad y compromiso con la patria.