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Paraguay, atrapado en la era de la corrupción estructural

Por Firmino Benitez Barroso

Mientras una élite se enriquece sin límites, la mayoría sobrevive entre migajas, abandono estatal y una democracia cada vez más debilitada

Paraguay atraviesa uno de los momentos más oscuros de su historia democrática reciente. Una era marcada no solo por la corrupción, sino por una estructura de poder profundamente arraigada que aplasta cualquier disidencia y sofoca las posibilidades de una transformación real. La represión ya no se expresa con torturas físicas ni desapariciones, como en décadas pasadas, sino a través de un sistema de apriete silencioso, más sofisticado y eficaz: la persecución institucional, el silenciamiento mediático y el aislamiento social del que no se alinea con los intereses del poder.

El partido Colorado, con su histórica maquinaria política intacta, marca el rumbo del país desde el corazón de Asunción, donde el supuesto “progreso” es apenas una vitrina decorada con edificios de lujo, autos blindados y centros comerciales repletos. Pero bastan unos pocos kilómetros fuera del microcentro para encontrarse con la otra cara: asentamientos precarios, escuelas abandonadas, hospitales sin insumos y comunidades enteras sumidas en la pobreza extrema. La convivencia entre la opulencia y la miseria se ha vuelto una postal habitual, como si la desigualdad fuera una característica natural e inmutable de la vida paraguaya.

Un espejismo llamado “crecimiento”

Las cifras macroeconómicas hablan de un crecimiento del PIB per cápita de entre 7% y 10% anual —uno de los más altos de América Latina—, pero ese crecimiento no se distribuye. No se traduce en una mejor calidad de vida, ni en empleos dignos, ni en servicios públicos eficientes. Solo enriquece aún más a los ya enriquecidos: un pequeño grupo que concentra poder político, económico y mediático, y que domina el país bajo la lógica del “quien puede más, oprime más”.

Ese mismo grupo, escudado en las estructuras del Estado, impone condiciones, manipula instituciones y ahoga a los sectores menos favorecidos con indiferencia y violencia económica. No les importa si en los hogares hay pan en la mesa. Lo importante es que el modelo de acumulación siga funcionando, aunque eso implique pisotear derechos, ignorar reclamos sociales o hacer oídos sordos a las necesidades más básicas.

Oposición fragmentada, sin rumbo ni credibilidad

Frente a este panorama, la oposición parece jugar un rol meramente testimonial. El Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA), históricamente marcado por divisiones internas, repite su viejo libreto: peleas entre facciones, discursos inconexos y ausencia de propuestas. Mientras tanto, otros sectores que se autodenominan “alternativos” están encabezados, en muchos casos, por figuras sin credibilidad, sin liderazgo y con agendas personales por encima del bien común.

Esta falta de contrapeso real en el sistema político permite al partido de gobierno avanzar sin frenos, pintar de rojo el país y consolidar su dominio sin preocuparse por rutas cerradas, protestas ciudadanas o incluso violaciones a la Constitución. En vez de gobernar, administra privilegios para unos pocos y condena al olvido a los demás.

Un país reducido a su capital

Hoy, Paraguay sigue siendo un país profundamente centralista. Todo gira en torno a Asunción. Las políticas públicas, las inversiones, la atención mediática y hasta las oportunidades laborales y educativas están concentradas en la capital. El resto del país —departamentos enteros— permanece invisible, relegado, como si no existiera.

Y mientras eso ocurre, la educación colapsa, la salud pública se deteriora y la inseguridad crece. El Estado abandona sus funciones esenciales y solo actúa como garante del orden que le conviene al poder de turno. En este esquema, cualquier intento de cuestionar o cambiar las reglas del juego es respondido con persecución, censura o estigmatización.

¿Hasta cuándo?

Paraguay no necesita solo crecimiento económico, necesita redistribución, justicia social y un cambio estructural. Necesita un sistema que respete derechos, promueva la equidad y escuche a su gente. Pero nada de eso será posible mientras el poder esté secuestrado por unos pocos, la oposición sea funcional al sistema y la ciudadanía permanezca resignada a vivir de las sobras.

Lo que está en juego no es una elección ni un gobierno: es el futuro de una nación atrapada en su propia sombra.