La influencia de la Iglesia católica en los asuntos públicos no es un fenómeno nuevo. Desde sus orígenes como institución poderosa, política, económica y culturalmente, ha intervenido en decisiones de Estado, disputas de poder y configuraciones sociales.
Su historia incluye páginas luminosas de aporte humanitario y también capítulos oscuros como la Inquisición, una época marcada por torturas, persecuciones y muertes injustificables que, más que responder a convicciones teológicas, obedecieron a intereses políticos y al afán de control.
Esa dualidad, entre lo espiritual y lo terrenal, sigue vigente. Hoy, en pleno siglo XXI, vuelve a escena una pregunta inevitable: ¿cuál es el rol de la Iglesia católica en el Paraguay? ¿Es un actor religioso o político?
Quien observe con detenimiento el escenario nacional advertirá que la Iglesia continúa teniendo un peso significativo en la opinión pública y, sobre todo, en los momentos de mayor visibilidad, como las festividades de Caacupé. Cada año, las homilías pronunciadas ante miles de fieles y replicadas por todos los medios de comunicación se convierten en discursos que, aunque revestidos de espiritualidad, contienen mensajes políticos claros. Se critican gobiernos, se denuncia la corrupción, se señala la pobreza extrema y se exhorta a “elegir mejor”.
No se trata de negar la legitimidad de denunciar injusticias; al contrario, la crítica es necesaria en toda sociedad democrática. El problema surge cuando la prédica religiosa se convierte en tribuna político-partidaria, cuando la figura de María, eje espiritual de la festividad, queda relegada para dar paso a mensajes que funcionan, en los hechos, como editoriales dominicales desde el púlpito.
Medios de comunicación, especialmente algunos de corte sensacionalista, amplifican estas voces con entusiasmo: titulares rimbombantes, transmisiones en directo y análisis que convierten la homilía del día en arma arrojadiza contra el gobierno de turno. El resultado es que la frontera entre fe y política se vuelve borrosa para los fieles, quienes asisten a celebraciones religiosas donde se habla más de administración estatal que de espiritualidad.
Así, la Iglesia católica paraguaya reproduce un patrón que se repite año tras año: un rol político encubierto bajo el manto de lo religioso. Sus líderes, desde los obispos hasta los párrocos, asumen posiciones que influyen directamente en la opinión pública y en el debate nacional, mientras la esencia espiritual de las celebraciones queda en segundo plano.
No se trata de exigir silencio a la Iglesia. Su misión moral le concede autoridad para denunciar injusticias. Pero sí corresponde exigir claridad: si su rol es político, que se asuma como tal; si es religioso, que priorice la guía espiritual que la feligresía busca en ella.
Paraguay necesita voces éticas, sí. Lo que no necesita es la confusión deliberada entre religión y política, porque esa mezcla, históricamente, ha demostrado ser peligrosa. La verdadera credibilidad de la Iglesia dependerá de su capacidad para hablar con coherencia, sin instrumentalizar la fe y sin convertir la espiritualidad en un espacio más dentro de la contienda política nacional.