Médicos de Mayo Clinic avanzan hacia una nueva generación de tratamientos personalizados: en lugar de estimular el mismo punto del cerebro en todos los pacientes, buscan identificar el sitio exacto donde cada cerebro responde mejor.
ROCHESTER, Minnesota. Hay cerebros que esconden sus crisis en una compleja red de conexiones. La descarga comienza en un punto, se desplaza por circuitos neuronales y, en determinados pacientes, termina desencadenando una convulsión.
Encontrar ese recorrido es uno de los grandes desafíos de la neurología.
Ahora, investigadores de Mayo Clinic están intentando hacer algo todavía más preciso: construir un mapa eléctrico individual de cada paciente para determinar dónde y cómo intervenir.
La estrategia combina registros de actividad cerebral, estimulación eléctrica y análisis de las conexiones entre distintas regiones del cerebro. El objetivo es personalizar la estimulación cerebral profunda (ECP) para personas con epilepsia farmacorresistente, alejándose progresivamente de los tratamientos concebidos bajo el principio de “talla única”.
La investigación forma parte de la iniciativa BIONIC (Bioelectronics Neuromodulation Innovation to Cure) de Mayo Clinic y tiene como uno de sus protagonistas al neurólogo Nick Gregg, quien trabaja en nuevas formas de localizar y modular las redes cerebrales implicadas en las crisis.
El objetivo ya no es solamente encontrar el foco
Durante mucho tiempo, una de las preguntas fundamentales frente a una epilepsia difícil de controlar fue: ¿dónde comienza la crisis?
La nueva generación de investigaciones plantea una pregunta más amplia:
¿Qué red cerebral permite que esa crisis se propague y cómo puede ser modificada?
La diferencia es fundamental.
El cerebro no funciona como un conjunto de piezas independientes. Sus regiones están permanentemente comunicadas. Una descarga anormal puede propagarse desde una zona hacia otras estructuras y convertir una alteración eléctrica localizada en una crisis clínica.
Por eso, los investigadores de Mayo Clinic están estudiando no solamente el lugar donde aparecen las señales anormales, sino también las conexiones que ese territorio mantiene con otras áreas.
En este modelo, el tratamiento deja de buscar simplemente un “punto enfermo” y comienza a tratar de comprender una red neuronal alterada.
Diez pacientes y un nuevo mapa
En la primera etapa de este trabajo, diez pacientes fueron estudiados mientras se encontraban en evaluación para una eventual cirugía de epilepsia.
Los investigadores analizaron sus ondas cerebrales y utilizaron técnicas de estimulación para observar cómo respondían diferentes regiones y cómo se comunicaban entre sí.
La información permitió identificar zonas específicas del tálamo conectadas con las redes responsables de las crisis.
El propósito es utilizar ese conocimiento para decidir con mayor precisión dónde colocar los electrodos y cómo programar la estimulación cerebral profunda.
El estudio publicado en Annals of Neurology describe precisamente esta estrategia: utilizar respuestas provocadas por la estimulación cerebral para estudiar la conectividad efectiva y la excitabilidad de las redes relacionadas con la epilepsia.
La siguiente etapa consiste en seguir a pacientes que posteriormente recibieron implantes permanentes de estimulación cerebral profunda mediante este enfoque personalizado.
El descubrimiento de los milímetros
La investigación dio un paso todavía más llamativo en 2026.
En un estudio publicado en The Journal of Neuroscience, investigadores de Mayo Clinic y otras instituciones mapearon cómo distintas subregiones del pulvinar, una parte del tálamo, influyen sobre diferentes zonas de la corteza cerebral.
Participaron 30 pacientes con epilepsia farmacorresistente que ya tenían electrodos implantados por razones clínicas.
Los investigadores descubrieron que diferentes zonas del pulvinar pueden influir sobre redes corticales distintas. La región lateral mostró conexiones predominantes con áreas visuales; otras zonas tuvieron mayor influencia sobre regiones temporales, mientras que una subregión dorsomedial se relacionó con áreas parietales.
Lo más sorprendente fue la escala del descubrimiento.
Regiones del pulvinar separadas por apenas unos 3 milímetros podían estar conectadas con redes cerebrales completamente diferentes.
En términos clínicos, esa diferencia puede ser enorme.
Si el objetivo es intervenir sobre una determinada red epiléptica, colocar el electrodo unos milímetros fuera del lugar adecuado podría significar estimular una red diferente.
Por eso, el mapa importa.
Del atlas cerebral al tratamiento personalizado
La investigación de Mayo Clinic está construyendo una especie de atlas funcional del cerebro.
No se trata únicamente de una imagen anatómica. El mapa intenta mostrar qué ocurre cuando una determinada región cerebral recibe una señal eléctrica y qué otras regiones responden a ella.
Esta información puede ayudar a seleccionar objetivos más precisos para la neuromodulación.
Nick Gregg ha explicado que su investigación busca personalizar no solamente el lugar de estimulación, sino también los parámetros, el momento y la estrategia con que se aplica la estimulación. Su equipo estudia incluso cómo la actividad cerebral puede cambiar durante los ciclos de sueño-vigilia y durante períodos de varios días.
Es decir, el futuro de la estimulación cerebral podría no consistir simplemente en decidir:
“estimular aquí”.
Podría convertirse en:
“estimular aquí, de esta manera y en este momento, porque esta es la configuración particular de este cerebro”.
Una red que puede aprender
Aquí aparece uno de los conceptos más interesantes de esta investigación: la plasticidad cerebral.
El cerebro no es estático. Sus conexiones pueden cambiar como consecuencia de la experiencia, la enfermedad y la estimulación.
Los investigadores estudian si modificar de manera repetida una red neuronal puede producir cambios que vayan más allá del efecto inmediato de cada impulso eléctrico.
El estudio de Gregg y sus colaboradores analiza precisamente cómo la estimulación talámica puede producir modificaciones en la conectividad y la excitabilidad de las redes cerebrales.
La esperanza científica es que, con el tiempo, la red responsable de las crisis pueda volverse menos propensa a generar actividad epiléptica.
Pero aquí es necesario hacer una distinción fundamental.
La investigación todavía no demuestra que este procedimiento cure la epilepsia.
La posibilidad de reorganizar la red neuronal y llegar algún día a modificar la enfermedad de manera profunda es un objetivo de investigación, no un resultado clínico ya establecido.
El propio Gregg ha planteado como meta de largo plazo llegar más allá del control de las crisis y explorar la posibilidad de reorganizar las redes neuronales responsables de ellas.
Una nueva generación de estimulación cerebral
La estimulación cerebral profunda ya tiene un lugar en el tratamiento de determinados pacientes con epilepsia farmacorresistente.
Lo novedoso de esta línea de investigación es el intento de hacerla más precisa y personalizada.
Un estudio publicado en 2025, también con participación de investigadores de Mayo Clinic, examinó diferentes parámetros de estimulación del núcleo anterior del tálamo y encontró que configuraciones distintas pueden tener efectos comparables o, en determinadas situaciones, superiores a los parámetros habitualmente utilizados.
Esto refuerza una idea: no solamente importa dónde se estimula, sino también cómo se estimula.
El desafío consiste ahora en combinar ambas dimensiones.
El cerebro como un territorio por cartografiar
La medicina ha aprendido a observar el cerebro mediante imágenes, electroencefalogramas y electrodos capaces de registrar su actividad con enorme precisión.
Pero conocer la anatomía no equivale a comprender completamente la función.
Dos puntos que parecen prácticamente vecinos pueden formar parte de circuitos completamente diferentes.
El descubrimiento del pulvinar ayuda a ilustrar esa complejidad.
Una diferencia de tres milímetros puede separar redes relacionadas con la visión de otras vinculadas con la memoria, el lenguaje, la atención o la planificación.
Para un cirujano que debe colocar un electrodo, esa diferencia puede ser decisiva.
¿Qué viene ahora?
La investigación entra en una etapa en la que será necesario demostrar que estos mapas se traducen en beneficios clínicos consistentes.
Los científicos deberán determinar qué objetivos funcionan mejor para cada tipo de epilepsia, cuáles son los parámetros óptimos de estimulación, cuánto dura el beneficio y qué efectos adversos pueden aparecer.
También será necesario estudiar grupos más amplios de pacientes y realizar seguimientos prolongados.
Por ahora, los resultados permiten afirmar algo más concreto: el cerebro de cada paciente puede presentar una arquitectura funcional de la epilepsia diferente, y las nuevas técnicas permiten comenzar a medir esas diferencias con una precisión cada vez mayor.
La consecuencia podría ser un cambio de paradigma.
En lugar de adaptar al paciente a un tratamiento predeterminado, los médicos podrían adaptar el tratamiento al mapa particular de su cerebro.
El futuro está en los milímetros
La historia de esta investigación puede resumirse en una imagen.
Un cirujano observa el cerebro. El neurólogo estudia sus ondas. El ingeniero analiza sus conexiones. Un impulso eléctrico activa una pequeña región y, casi como una onda que se extiende sobre el agua, otras zonas responden.
Los científicos observan ese recorrido.
Lo registran.
Lo comparan.
Lo convierten en un mapa.
Y ese mapa puede terminar indicando dónde intervenir.
Mayo Clinic ya utiliza los nuevos mapas del pulvinar para ayudar a individualizar el objetivo de estimulación en algunos pacientes con epilepsia farmacorresistente, mientras continúa investigando cómo esa precisión se relaciona con los resultados a largo plazo.
Todavía no es una cura.
Pero sí es una nueva manera de mirar la enfermedad.
La epilepsia, que durante siglos fue descrita principalmente a través de sus manifestaciones visibles la convulsión, la pérdida de conciencia, la alteración de la conducta está siendo observada ahora desde el interior de sus circuitos.
Y en ese territorio microscópico, donde tres milímetros pueden significar una red cerebral completamente diferente, la medicina está intentando encontrar una nueva ruta para controlar las crisis.
Tal vez el futuro de la epilepsia no consista en encontrar un único lugar donde colocar un electrodo.
Tal vez consista en aprender a leer, paciente por paciente, el mapa eléctrico único de cada cerebro.