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El Estado no puede criar a tus hijos

Hay una línea que una sociedad no debería cruzar. Y, sin embargo, cada vez parece más dispuesta a borrarla: la que separa las responsabilidades del Estado de las obligaciones de los padres.

Hoy se exige que el Estado provea útiles, alimentación, transporte y cada vez más aspectos de la vida escolar. Mañana, ¿qué sigue? ¿También deberá hacerse cargo de inculcar valores, hábitos y disciplina? ¿También deberá reemplazar la presencia que muchos padres han decidido abandonar?

Seamos claros: garantizar educación no es lo mismo que hacerse cargo de la crianza.

El argumento de la igualdad de oportunidades se ha convertido en una excusa para expandir sin límites el rol estatal. Sí, hay niños que necesitan asistencia. Sí, hay contextos donde el Estado debe intervenir. Pero convertir la excepción en regla es un error grave. Porque cuando todo es responsabilidad del Estado, entonces nadie más lo es.

Y ese “nadie” tiene nombre: padres ausentes, desentendidos o, peor aún, cómodamente instalados en la idea de que alguien más hará su trabajo.

La paternidad responsable implica sacrificio. Implica priorizar a los hijos, involucrarse en su educación, asumir costos —no solo económicos, sino también emocionales y de tiempo—. Pero cuando el sistema empieza a cubrirlo todo, el incentivo a asumir esas responsabilidades desaparece.

El resultado es una sociedad que confunde derechos con obligaciones ajenas.

Un Estado que sustituye a la familia no fortalece a los niños: los debilita. Porque los priva de lo más importante que puede tener un menor: adultos responsables que se hagan cargo de su formación. Ninguna política pública puede reemplazar eso.

Y sin embargo, el discurso dominante apunta en otra dirección: más Estado, menos familia. Más asistencia, menos exigencia. Más derechos, menos deberes.

La pregunta incómoda es inevitable: ¿estamos ayudando a los niños o estamos facilitando la irresponsabilidad de los adultos?

Si el Estado se convierte en proveedor total, la familia deja de ser el núcleo de la sociedad para convertirse en una figura decorativa. Y una sociedad que debilita a la familia, tarde o temprano, paga las consecuencias.

Porque educar no es solo un derecho. También es, y sobre todo, una responsabilidad.

Y esa responsabilidad no se puede delegar.