En Paraguay, la oposición ha convertido la exigencia de una mayor asistencia estatal en su principal argumento contra el gobierno de Santiago Peña.
Sus discursos giran en torno a la idea de que la ayuda social no es integral y que el Estado debería ampliar aún más su cobertura. En apariencia, se trata de una defensa de los sectores vulnerables; en la práctica, se promueve un modelo de dependencia que confunde derechos con paternalismo.

La paradoja es evidente: mientras se reclama que el Estado provea útiles escolares, meriendas y almuerzos, se diluye la responsabilidad de las familias en la formación y sostenimiento de sus hijos. Padres y madres se acostumbran a que el aparato estatal cubra necesidades básicas, olvidando que la primera obligación recae en ellos. Incluso se observa cómo algunos se permiten ausentarse de sus trabajos para participar en manifestaciones, cuando esos días de paro podrían traducirse en ingresos suficientes para cubrir los gastos escolares.
No se trata de negar la importancia de la presencia estatal. Un gobierno responsable debe garantizar condiciones mínimas de equidad, especialmente en educación y salud. Pero cuando la intervención se extiende hasta el punto de generar despreocupación en los padres respecto a sus deberes, se corre el riesgo de erosionar la noción de responsabilidad familiar. La oposición, al insistir en que el Estado debe abarcarlo todo, alimenta una narrativa que perpetúa la dependencia y debilita la autonomía ciudadana.
El problema de fondo es estructural: menos del 30% de la población paga impuestos y apenas el 52% figura como ciudadano formal. En ese contexto, exigir una asistencia ilimitada resulta insostenible. Se demanda más, pero se contribuye poco. La ecuación no cierra.
El debate debería girar en torno a cómo construir un equilibrio entre apoyo público y compromiso ciudadano. El Estado tiene un papel insustituible, pero no puede convertirse en el único sostén de la vida cotidiana. La familia, la comunidad y la ciudadanía activa deben recuperar protagonismo. Al Paraguay lo hacemos todos, y solo con una sociedad consciente de sus deberes se podrá avanzar hacia un futuro menos dependiente y más responsable.