El almacenamiento de agua dulce en continentes lleva aproximadamente una década mostrando una tendencia descendente. El nuevo informe de la Organización Meteorológica Mundial revela que 2025 fue uno de los años más secos para los ríos en los últimos 35 años, mientras los glaciares volvieron a perder cientos de miles de millones de toneladas de hielo. Los científicos advierten que el ciclo del agua se está volviendo cada vez más irregular, alternando sequías severas con inundaciones extremas.
El planeta está comenzando a utilizar una reserva de agua que durante décadas funcionó como una especie de “cuenta de ahorros” natural para atravesar los períodos de sequía.
Esa es una de las principales advertencias lanzadas este jueves 17 de septiembre por la Organización Meteorológica Mundial, que presentó su nuevo informe sobre el estado de los recursos hídricos mundiales.
Los datos muestran un escenario preocupante: desde mediados de la década pasada disminuye de manera sostenida la cantidad de agua almacenada en continentes, mientras los glaciares pierden masa, numerosos acuíferos presentan niveles anormales y cada vez menos ríos mantienen caudales considerados normales.
Para los especialistas, ya no se trata únicamente de uno o dos años particularmente secos.
La tendencia lleva cerca de una década.
La secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, explicó el problema utilizando una comparación sencilla: las aguas subterráneas, los glaciares y las reservas de nieve funcionan como una cuenta de ahorro del planeta.
Cuando las lluvias disminuyen temporalmente o llega una temporada seca, estas reservas ayudan a compensar la falta de agua.
El problema aparece cuando se recurre repetidamente a ellas sin que exista tiempo suficiente para recuperarlas.
Y, según los datos disponibles, eso es precisamente lo que está ocurriendo.
2025, entre los años más secos para los ríos en más de tres décadas
Uno de los datos más contundentes del informe corresponde al comportamiento de los ríos.
Durante 2025, más del 36% de la superficie de las cuencas hidrográficas analizadas presentó caudales inferiores a los valores considerados normales.
Ese resultado convirtió al año pasado en uno de los períodos más secos para los ríos a escala mundial de los últimos 35 años.
Pero nuevamente el problema no se limita a un solo año.
La OMM detectó que durante siete años consecutivos la proporción de cuencas con caudales normales fue considerablemente inferior a los registros históricos.
Entre 1991 y 2020, aproximadamente el 46% de las cuencas presentaban condiciones consideradas normales.
En los últimos años, esa proporción descendió a entre el 34% y el 38%.
En otras palabras, los científicos observan cada vez menos situaciones hidrológicas que puedan calificarse como habituales.
El mundo está alternando con mayor frecuencia entre dos extremos: falta de agua en algunas regiones y exceso en otras.
El ciclo del agua se vuelve cada vez más impredecible
Este comportamiento es uno de los aspectos que más preocupa a los especialistas.
Normalmente, el agua circula continuamente entre la atmósfera, la superficie y el subsuelo.
Llueve, una parte del agua alimenta los ríos, otra penetra en la tierra y recarga los acuíferos, mientras otra queda almacenada en forma de nieve o hielo.
El cambio de las condiciones climáticas está modificando ese equilibrio.
En determinadas regiones pueden registrarse largos períodos sin precipitaciones y, posteriormente, enormes cantidades de lluvia concentradas en pocos días.
Una inundación extrema, además, no necesariamente compensa una sequía prolongada.
Cuando el agua cae de manera demasiado intensa puede desplazarse rápidamente por la superficie, provocar inundaciones y terminar en el océano sin lograr recargar suficientemente los acuíferos.
Por eso, tener episodios de lluvias torrenciales no significa necesariamente que las reservas de agua estén recuperándose.
La OMM describe justamente un ciclo hidrológico cada vez más errático: largos períodos de déficit combinados con eventos de precipitaciones excepcionalmente intensos.
¿Qué significa que el planeta esté “gastando sus reservas”?
La expresión puede parecer alarmante, pero describe un fenómeno muy concreto.
El agua dulce no solamente está presente en los ríos que podemos observar.
Una enorme cantidad permanece almacenada bajo tierra, en lagos, embalses, suelos, vegetación, nieve y glaciares.
Estas reservas permiten sostener el suministro durante períodos en los que las precipitaciones disminuyen.
Sin embargo, desde aproximadamente 2014-2016, el almacenamiento total de agua continental mantiene una tendencia descendente.
Esto significa que, en términos generales, se está retirando más agua de esos sistemas de la que consigue recuperarse.
Las reservas de recuperación lenta son especialmente importantes.
Un río puede reaccionar rápidamente después de varios días de lluvia.
Un acuífero profundo, en cambio, puede tardar años o incluso décadas en recuperar el agua extraída.
Algo similar ocurre con los glaciares: una pérdida importante de hielo no puede ser compensada simplemente con una temporada de buenas nevadas.
Por eso, la disminución persistente preocupa mucho más que una sequía temporal.
Los glaciares perdieron otras 408 gigatoneladas de hielo
El estado de los glaciares representa otro de los grandes indicadores de la crisis.
Durante el año hidrológico 2025, los glaciares del planeta perdieron aproximadamente 408 gigatoneladas de masa.
Una gigatonelada equivale a mil millones de toneladas.
Además, fue el cuarto año consecutivo en el que las principales regiones glaciares del mundo registraron pérdidas netas.
Entre 2023 y 2025 desaparecieron aproximadamente 1.400 gigatoneladas de agua almacenada en forma de hielo.
Para dimensionar semejante cantidad, sería suficiente para llenar alrededor de 560 millones de piscinas olímpicas.
También equivaldría aproximadamente a una tercera parte de toda el agua dulce extraída anualmente en el planeta.
La pérdida glaciar registrada solamente en 2025 contribuyó además alrededor de 1,1 milímetros al aumento del nivel medio mundial del mar.
Cuando un glaciar desaparece, también desaparece una reserva de agua
Los glaciares cumplen una función fundamental para millones de personas.
Durante las estaciones cálidas, el hielo se derrite gradualmente y alimenta ríos que abastecen ciudades, campos agrícolas y centrales hidroeléctricas.
Paradójicamente, durante una primera etapa, un glaciar que se derrite rápidamente puede generar más agua.
Pero llega un momento denominado “pico hídrico”.
Después de superar ese punto, queda tan poco hielo que el volumen de agua procedente del glaciar comienza a disminuir.
La OMM considera que algunas regiones con glaciares relativamente pequeños podrían haber alcanzado ya este punto.
Eso implica un problema a largo plazo: poblaciones que durante generaciones dependieron del deshielo estacional pueden encontrarse progresivamente con menos agua disponible.
También preocupa lo que ocurre bajo tierra
Los acuíferos constituyen una de las mayores reservas de agua potable del planeta y son fundamentales para la agricultura.
Sin embargo, las observaciones muestran señales de presión.
Durante 2025, prácticamente dos tercios de los pozos monitoreados registraron niveles alejados de sus valores históricamente normales.
Entre 2022 y 2025 se detectaron déficits persistentes de aguas subterráneas en partes de América, Europa, Oriente Medio, India, África meridional y Australia.
En regiones determinadas, esos déficits ya presentan características de agotamiento acumulado tras varios años consecutivos de condiciones secas.
El problema es especialmente delicado porque el agua subterránea suele utilizarse precisamente cuando los ríos, lagos o embalses tienen poca agua.
Si también disminuyen los acuíferos, desaparece una de las principales herramientas naturales disponibles para enfrentar una sequía prolongada.
Sudamérica tampoco está fuera del problema
El informe incluye señales relevantes para nuestra región.
Entre 2021 y 2025, gran parte de las cuencas del Amazonas y del Plata registraron de manera persistente caudales inferiores a los valores normales.
En 2025, la cuenca del Plata comenzó a mostrar algunos signos de recuperación después de un prolongado período de sequía, pero continuaron registrándose condiciones inferiores a lo normal en diferentes áreas de América del Sur.
La situación de la cuenca del Plata tiene especial importancia regional debido a que integra sistemas fluviales compartidos por varios países, entre ellos Paraguay, Brasil, Argentina, Bolivia y Uruguay.
El informe remarca precisamente que el agua no reconoce fronteras políticas.
Lo que ocurre en la parte alta de una cuenca puede terminar afectando a poblaciones situadas cientos o incluso miles de kilómetros río abajo.
Sequías e inundaciones pueden ocurrir dentro de una misma crisis
Uno de los errores más comunes es pensar que el cambio climático relacionado con el agua significa exclusivamente sequía.
La realidad es mucho más compleja.
El calentamiento de la atmósfera puede favorecer una mayor evaporación y modificar los patrones de precipitación.
En determinadas regiones esto se traduce en sequías más prolongadas.
En otras, enormes cantidades de agua pueden caer en períodos extremadamente cortos.
El resultado es que un mismo planeta puede enfrentar simultáneamente ríos con niveles históricamente bajos e inundaciones devastadoras.
Durante los últimos cinco años, los servicios meteorológicos e hidrológicos de diferentes países comunicaron repetidamente episodios de sequías y crecidas sin precedentes.
En algunos lugares, incluso, las comunidades no llegaron a recuperarse de un desastre antes de enfrentar el siguiente.
Asia y África, las regiones más castigadas
Las consecuencias humanas de estos fenómenos ya son visibles.
Durante los últimos cinco años, Asia y África concentraron al menos la mitad de todos los eventos extremos relacionados con el agua registrados en el mundo.
Además, ambas regiones representaron más del 80% de las muertes notificadas asociadas a estos fenómenos.
Solo en 2025, el sur y sudeste de Asia sufrieron una combinación particularmente peligrosa de ciclones tropicales y fuertes lluvias monzónicas.
Miles de personas murieron en países como Sri Lanka, Pakistán, Vietnam, Indonesia, Tailandia, Malasia y Filipinas.
África también registró graves inundaciones, al mismo tiempo que otras zonas del continente continuaron enfrentando sequías severas.
El impacto va mucho más allá de quedarse sin agua potable
Cuando disminuye la disponibilidad de agua dulce, las consecuencias se extienden prácticamente a toda la economía.
La agricultura depende directamente del agua para producir alimentos.
La industria necesita grandes cantidades para procesos de producción.
Las centrales hidroeléctricas requieren determinados caudales para generar energía.
Los ecosistemas necesitan mantener niveles mínimos para sobrevivir.
Y las ciudades dependen de ríos, embalses y acuíferos para abastecer a millones de habitantes.
Una reducción persistente puede traducirse en pérdidas agrícolas, restricciones de consumo, aumento de precios de alimentos, menor generación hidroeléctrica y conflictos por el acceso al recurso.
Incluso lugares que actualmente poseen abundante agua necesitan planificación.
La existencia de grandes ríos o acuíferos no garantiza que el recurso permanezca indefinidamente disponible si la extracción supera su capacidad de recuperación.
No significa que el planeta vaya a quedarse repentinamente sin agua
La advertencia tampoco debe interpretarse como que toda el agua dulce del planeta está a punto de desaparecer.
El agua continúa circulando dentro del sistema terrestre.
El problema es dónde está, cuándo está disponible y en qué cantidad.
Una enorme inundación puede significar demasiada agua en un lugar durante apenas unas horas.
Meses después, esa misma región puede enfrentar escasez.
Del mismo modo, el agua almacenada durante miles de años en un acuífero puede ser extraída rápidamente, pero necesitar décadas o siglos para recuperarse completamente.
Por eso, el desafío no consiste solamente en calcular cuánta agua existe en el planeta, sino en determinar cuánto recurso confiable estará disponible para las personas, la agricultura y los ecosistemas.
Una advertencia para los próximos años
El mensaje central del nuevo informe es que las tendencias actuales no pueden analizarse como fenómenos aislados.
Los científicos están observando simultáneamente una disminución de las reservas de agua continental, pérdida generalizada de glaciares, anomalías persistentes en los caudales de los ríos y una mayor frecuencia de extremos hidrológicos.
La Organización Meteorológica Mundial considera fundamental ampliar las redes de medición, compartir información entre países y fortalecer los sistemas de alerta temprana.
También advierte que todavía existen grandes zonas del planeta donde los datos disponibles son insuficientes, precisamente en algunas de las regiones más afectadas por sequías e inundaciones.
El agua que durante décadas funcionó como una reserva silenciosa bajo tierra, en los glaciares, en la nieve y en los grandes sistemas fluviales está adquiriendo así una importancia cada vez mayor.
La advertencia de los científicos no apunta a una crisis futura y distante.
Los datos indican que el proceso ya está en marcha.
El planeta continúa teniendo agua, pero sus reservas más importantes están perdiendo estabilidad y capacidad de recuperación. Y en un mundo donde la población, la agricultura y las ciudades demandan cada vez más recursos, gastar esa “cuenta de ahorros” sin permitir que vuelva a llenarse puede convertirse en uno de los mayores desafíos ambientales, económicos y sociales de las próximas décadas.